Si me ves desnudo, desnúdate y abrázame que yo te abrazaré (sobre el Alzheimer)

 

Llevaba meses observándolo. Estaba muy reiterativo en ciertas preguntas y tenía olvidos frecuentes. Lo achaqué a la edad, porque cuando pasamos de los 65 nuestra memoria, y hasta nuestra mente juega con nosotros al despiste. Pero Pedro empezaba a ir más allá.

Una mañana después de ducharse lo vi mirarse al espejo con extrañeza. Tenía el peine en la mano. Cuando le pregunté que le pasaba me respondió de una manera brusca, farfullando una excusa ininteligible.

La actitud de Pedro me dio la pauta de que algo no andaba bien. Estaba enfermo y él no lo sabía.

Al día siguiente fuimos a ver mi sobrino Joaquín, que es neurólogo. Es el hijo de mi fallecido hermano Sancho. Estuvo un buen rato haciéndole preguntas tanto a él como a mi. Le hizo una serie de pruebas de equilibrio, sensibilidad. Le miró los ojos un buen rato, “que si mira aquí, que si mira allí”. La cara de mi sobrino no daba a entender nada nuevo.

Durante un tiempo me tuve que familiarizar con términos médicos que me sonaban a siglas de partidos políticos, TAC, MRi, CT, que no eran más que pruebas que descartaban una serie de enfermedades, molestas todas ellas por lo intranquilo que Pedro se mostraba y por lo irritado que se puso ya que pensaba que estaba bien y que eran ganas mías de molestar

Varias semanas después, Joaquín vino a casa. Primero, mientras Pedro veía la tele y yo estaba en la cocina haciéndole un café me dió la noticia:

-Tía. No me voy a andar con rodeos. El tío tiene Alzheimer. Las pruebas que le hemos hecho no dejan lugar a duda. Lo siento.

Me abrazó. Con la ternura de un sobrino, cuando la noticia me la había dado con un médico. La verdad no me gustó la actitud, su abrazo casi me causó rechazo. Mientras yo le hablaba de su tío el me respondía acerca de un paciente. Por un momento casi le odié. Esa fue mi primera reacción. Después solo sentí mucha pena y un gran vacío. La impotencia me invadía al ser incapaz de llorar. Me lo reproché. Las sensaciones se sucedían y me sacudían a un ritmo vertiginoso. Al final de mis pensamientos Pedro.

Nos sentamos a la mesa dónde cada día comía con Pedro y llegamos a la conclusión de que era mejor decirle a Pedro que tenía Alzheimer. Joaquín pensaba que de esa manera y con una serie de ejercicios, podríamos hacer ejercitar la memoria y retrasar los síntomas de esta maldita enfermedad.

Pedro miraba la tele con la misma cara de hace 40 años. Serio, ajeno a todo lo que no fuera ese, para él , mágico aparato. Le dije: Pedro hablemos.

Entonces fue cuando me sorprendió como nunca lo había hecho cuando nos dijo:

-Sentaos. Tengo Alzheimer, ¿No?.

Mi sobrino y yo nos quedamos sin saber que decir. No lo esperábamos, sinceramente. Yo fue entonces cuando rompí a llorar y Joaquín se desplomó literalmente sobre la silla del comedor.

-Si. Las pruebas eso indican tío.

– Ya me imagino. Bueno, lo imaginaba. De un tiempo a esta parte me ha dado por ver mi mente como una gran casa en la que habita mi memoria. He notado que en las habitaciones de mi mente empiezan a faltar cosas. No le he dicho nada a tu tía por no preocuparla, pero sospechaba que era Alzheimer. Bueno la verdad es que tenía miedo a que fuera cualquier cosa, ya sabes lo cobarde que soy. Ahora que lo dices ya sé quien es el ladrón que me está robado cosas de la casa de mi mente.

Mis lágrimas caían en silencio a medida que Pedro hablaba.

-Tío hay tratamientos y ejercicios que retrasan esta enfermedad. Si tú pones de tu parte puedes llevar una vida…

Pedro le interrumpió y le dijo: – mira niño le estás hablando a tu tío no a un paciente. Respétame como tal.

Tengo una cosa clara, Alma. Te amo desde el día en que te conocí. Lucharé lo que tenga que luchar. Quiero ser muy sincero. De las habitaciones de mi mente se irán los adornos, los cuadros, los muebles y las fotos, luego el aroma de la casa, los recuerdos de lo que hemos vivido, las caras y un día quizás me encuentres en algún lugar de esta casa, de esta casa física en la que estamos. Me encontrarás posiblemente perdido y a lo mejor desnudo. No lo tomes como una enfermedad. Tan solo te pido que si eso pasa te desnudes y me abraces. Que yo por más perdido que esté te abrazaré.

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Eso nunca pasó, pasaron unos años y era yo la que me desnudaba y lo abrazaba…no me dijo nunca en esa fase te quiero, pero el suspiro que daba me hacía albergar que algo de él sabía que mi piel era su piel y cuanto amor le profesaba.

Hace dos años, se apagó. Desvivió.

(ficción que es una realidad tirana y cotidiana. Es el primer relato que escribo en mi vida, Perdonad los fallos.)